miércoles, 17 de agosto de 2011

MADE IN JAPAN




La siguiente historia, o mejor dicho manga, se inició en una lejana e importante ciudad del Japón, donde estabamos estudiando dos temas que nos interesaban como peruanos,: Terremotos y Gente, es un problema

Como es bien sabido, en Japón (que es el país más poblado del mundo por kilómetro cuadrado, que tiene 145 millones de habitantes en un archipiélago de cientos de islitas) tiene tres ciudades importantes; Tokio, Kioto y Koito, pues bien, esto sucedió en la tercera ciudad en importancia del Japón, en Koito. Todos saben, y si no saben ¿Qué saben? Nada, porque aunque nadie sepa casi nada, todos saben que en Japón hacen autos económicos, pero caros, hay edificios supermodernos, pero que lucen anticuados, los animes nos muestran ojos redondos aunque en verdad son rasgados, y hay un código de honor samurai, que se ha puesto de moda en occidente justo desde que tienen plata, y desde luego, todos saben que allí hay muchos terremotos, aunque, bueno, está muy lejos.

El país del sol naciente, como también se le solía llamar, a veces es sacudido por fuertes sismos, que las leyendas antiguas explican de antigua manera, y en la televisión se ven películas en que es sacudido por monstruos del espacio exterior y en la realidad, al final de la Segunda Guerra Mundial fue sacudido, como todos saben por dos bombas atómicas, todo lo cual produce enormes destrozos de edificios, demolición de grandes áreas de ciudades, lo que tiene en constante movimiento a las industrias de la construcción.

No es para menos, el Japón, antes de los yanquis y de toda esa jarana de todo lo que pasó en la guerra, que para que te lo cuento si ya lo sabes, era un país con grandes características industriales dignas de un país desarrollado, pero con otras características de país subdesarrollado, pero eso si, con muchas armas,  no son tontos, realmente construían armas, autos, barcos y un montón de cosas, desarrollando una técnica empresarial muy adecuada a los países que deben ponerse al día, así de rápido; cortar camino y plagiar lo que ya existía y producirlo con materiales más baratos, porque es lógico, si estamos atrasados en relación a otros ¿Por qué demorarnos un siglo en descubrirlo por nosotros mismos? Ya no tenemos tiempo, lo que pasó, pasó, si, si claro, sería más lindo, y muy digno, y una satisfacción descubrirlo por nosotros mismos, con ensayo y error, y todo eso, pero esos son lujos que solo se pueden dar los que toman café en el Haití, pero aquí tenemos a un pueblo con angustiosas necesidades y no podemos irrogarnos esas finas conductas, ya para que sigo, y todo esto es una decisión muy valedera y muy centrada ciertamente, y más si tenemos en cuenta aquellos señeros y diáfanos principios del amor universal, y la fraterna cooperación entre los pueblos del mundo unidos por los lazos más fuertes, que profesan los poetas y todos tienen por verdades muy preclaras, y si no lo creen realmente, bueno, les tomamos la palabra por ellos -para que lo pregonan, aunque de hecho no parece tan cierto-  y sin duda todos escupieron a esos poetas, pues si fuese tan fraternal el amor universal, nunca hubiese estado unido por lazos sino por cadenas de ancla

Es decir, que aunque muchos piensen que fue una costumbre muy posterior, este estilo de hacer industria lo crearon desde fines del siglo 19, cuando el Japón se modernizó, y les dio buenos resultados pues así le ganaron la guerra a Rusia,  eee ¡a Rusia!... pero a pesar de este aparente adelanto industrial concentrado en estás grandes ciudades, el Japón era mayormente aldeano y subdesarrollado, ya que la gran mayoría de la población, los olvidados de siempre, los autóctonos habitantes de las islas, vivían en deplorables condiciones, su nivel de vida era ínfimo, la atención médica mala, la mayoría de ellos se dedicaban cultivar menguadas cosechas para ganarse el sustento en la dura tierra, la cual parecía que no había avanzado nada desde las épocas del panteísmo pre-budista, aunque por supuesto, todo hecho con ese estilo y clase y arte exquisito que caracteriza a los japoneses en todo lo que hacen con las manos o la cabeza, esa mezcla de derroche de intelectual elegancia y austeridad fina

Sin embargo, El Japón tenía en aquellos ya lejanos años, como en todas partes del mundo, aun en donde se pasen las más acongojadas épocas, unos barrios elegantazos con casas de ensueño, puentes con campanas de cristal y jardines de jazmines en flor, sitios ideales para que vivan los danas y las geishas, lugares para los ricos de la clase samurai, políticos, poderosos, industriales, nobles de los altos cargos de las milicias, para las señoritas hijitas de papá que crecieron teniendo muchas cosas, pocas o muchas, es lo de menos, pero, todo bonito, y en fin, para los miembros del club, donde es difícil de hacerse miembro, porque no era El Perú de los 90. Para esa casta selecta de los ricos y poderosos donde todo está como debe estar y solo vale el carrazo y la noche infiel, eso era para una minoría, para los blancos.

Pero para la mass media el país estaba hecho de ciudades, ciudadelas o pueblones, incluidas esas tres principales en sus partes pobres, con un descosido trazo, las cuales estaban cada una compuestas a su vez y en su mayoría por millones de callecitas sin forma, línea ni sentido práctico, nacidas a la improvisada y sin orden ni belleza, atiborradas de mercadillos, callejuelas, callejones y callejeras.

Por tanto, luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Japón, ocupado por una democracia construida por rebeldes a una corona, se hacía más rico, pero no como antes, más rico solo para los más ricos, sino de forma más horizontal, cuando la riqueza se repartía, un poquito más democráticamente que antes, como ocurre en las democracias occidentales, y muchos campesinos podían progresar realmente si valían, era menester, dado su nuevo status, de nación del futuro, abanderado de la nueva empresa, glorificación de la cooperativa, paladín del milagro económico, tierra prometida de los autóctonos aldeanos emergentes, el Japanese style of life, el país invadido con sus pros y sus contras, la ayuda de reconstrucción, el freno a los avances soviéticos, las nuevas migraciones del campo a la ciudad para ser parte de toda esta transformación, etc. etc. etc. Y todos los etc. Que pueda la mente acuciosa recopilar, digo, este nuevo país, cuyo culto nuevo ya no sería el homenaje al emperador, y los naturales y nunca negados privilegios de clase signada divinamente de la aristocracia, sino la devoción al intelecto y la capacidad emprendedora de cualquier Kenya de la esquina que quiera, con mucho esmero, con ambición, con ímpetu juvenil, con paso de vencedor, con velocidad erótica, y porque no, con un poco de energón y un montón de suerte, superarse a si mismo y a sus ancestros, poner el hombro por tu tierra patria, y hacerla linda, y ocupar un sitial nunca imaginado, salvo para algún caso histórico de un monstruo de la naturaleza que alzó la cabeza de entre la gleba para enseñorearse en algún puesto, cosa que fue antes tan rara que solo lo hubiese superado algo tan absurdo, como decir, por ejemplo, que tuviese voz, digamos, una mujer (no, eso ya sonaría a demasiado)

Pero, bueno, dado todo este cambio generacional, la ciudad no podía, sino, movida por estás enormes fuerzas de cambio, las más poderosas, y que los cantantes de canciones tontas no ven, y que no cantan más que a esos cambios evidentes y engañosos, como a la caída del muro de Berlín, feos sonsonetes que se ponen de moda –“winds offf chaaanges”- o a la guerra de Vietnam, es decir, le cantan a aquello que sale en los noticieros cada día y todos conocen, así hacen una canción fácil de vender por ser de un tema conocido, pero estos cambios nunca cambian nada en verdad, son solo cambios notorios que resultan de los auténticos cambios escondidos, son verdades de Perogrullo y aparentes, pero los verdaderos cambios son esos que pasan, como pasaron en Japón, y que solo los descubre la prensa, muuuucho después, cuando ya todo es evidente, y eso pasó allí en esos días ya lejanos, y por tanto, todo esto no podía llevar sino a una cosa que el occidente ignora, a “La Destrucción de las Ciudades”

Muchos acuciosos observadores se han preguntado en varias ocasiones, y así consta en actas, consta en acápites, consta en pies de páginas muy bien citados por Marco Aurelio Denegri en su programa del Canal 7 ¿Porqué Ultraseven no usaba sus notables y eficaces armas mortales de yelmo, lease el rayo de su frente o la cuchilla de su cimera al inicio del ataque del monstruo en cuestión? De ese modo, evitando el desplome, el desmoronamiento de varios edificios, pero, si el fin supremo de toda esa creación, ya añeja en los años 60 del Escuadrón Ultra,  era precisamente eso, derrumbar, desbaratar, echar abajo cuanto pudiesen, si lo que querían finalmente era levantar un nuevo país

Así es, lo que no pudo hacer la bomba atómica con las grandes metrópolis, como Tokio, Kioto y Koito, para lo que volaron de sendos bombazos a dos ciudades chicas, con buenos resultados estratégicos ya que las grandes ciudades, temerosas, capitularon, eso, lo pudo hacer luego, aunque de manera menos directa, en los años 50 y 60, el progreso, solo el progreso, pues casi todo el casco urbano de Tokio, Kioto y Koito fue demolido, y nadie sabe eso, claro, al cambiar la vida en Japón, al subir el estatus de los nativos, también debía subir su forma de vida, y todas esas callejuelas hechas al libre albedrío del campesino y sus mascotas desde épocas inmemoriales, trazados a la buena de Dios, con la estrechez propia de las casas diminutas de los pobres, enredadas hasta el delirio, porque no habían sido planificadas por una autoridad Samurai, si total estos grandulones vivían en otro lado, por la parte linda de la ciudad, si es que puede creerse que era una misma ciudad, y poco o nada les podía importar lo que pasase por esos distritos, igual como pasaba entre los europeos hace algún tiempo, y es que en verdad antes, y aun hoy, los ricos y los pobres eran tan diferentes, que hasta eran diferentes físicamente, y por ello, llegado el momento de los cambios todo eso debía demolerse, tirarse abajo, desmoronarse, abatirse, destartalarse, tanto las casitas de papel de los humildes pobladores, como los edificios de baja factura, cemento barato y mala hechura que colmaban el puerto y otras zonas, y para eso debían pedirle ayuda a Godzilla

Por tanto, aunque siempre se hizo la lectura de que Godzilla -monstruo creado por Inoshiro Honda, que era resultado de la mutación de una ballena (y no de una iguana como malamente se representa en la versión de Holliwood) debido a la radiación, convertida en la versión asiática de King Kong, de allí su nombre original: Gorgira: Gorila-Ballena- que este monstruo gigantescoooo, representaba a la energía atómica desencadenada hacia la destrucción y sobre todo que el monstruo representaba el miedo que tenía sometido al Japón, país de honor samurai, a encorvar la cerviz ante el invasor extranjero y de ojos azules, por temor a que su ciudadanía sea destruida y devorada por este símbolo del poder nuclear sobre las ciudades

Pero no, en realidad Godzilla es la representación de ese nuevo Japón más democrático, hasta donde es humanamente posible desde luego, igual que en el resto del mundo (salvo por el caso peruano: “El país más democrático del orbe” aunque no lo quiera la izquierda caviar europea) Godzilla solo era la representación de esa nueva fuerza popular, Godzilla es un enorme monstruo que representa un vambió total, el cambio del país, así como fue un monstruo un pobre que surgió en el pasado, el enorme y colosal minstruo representa ese cambió enorme y colosal de la sociedad, de los pobres, representaba a los que progresaban, y que hacían que las máquinas demoledoras rompan y rompan, que obligaba al nuevo gobierno, y que también enganchaba a esas muchas compañías constructoras, a ese proceso de tumbar toda esa vieja y precaria ciudadela de desechos que habían hecho sus padecimientos seculares para dar paso a una nueva era brillante de igualdad ante la ley y de derecho de cada persona a demostrar su capacidad si es que la tiene

Aun cuando sea difícil de creer, los japoneses son racistas y discriminadores por cualquier cosa, con las personas de otros países y razas, con los niseis de su propia raza porque nacieron fuera de su patria original y encima con las ideas occidentales, que ya son el colmo, así es, a pesar de que aceptan lo que les conviene del adelanto occidental mas adelantado, y la mano de obra de los países pobres, pero, nada es perfecto, desde luego, salvo eso, ellos son unos pilluelos racistas, bueno, en realidad no hay porque asombrase ni tratarlos como a unos tíos raros, si eso pasa allí, es como en todo el mundo, solo que quien lo hubiese creído.

Hace aaaaños,  vi por televisión que en Japón inventaron en los 80s un enorme televisor, enorme realmente, como del tamaño de una casa de tres pisos, y lo pusieron en un parque público para que la gente viera sus programas favoritos y hacer una exhibición de alta tecnología, desde luego que no es difícil hacer un paralelo entre eso y sus series de televisión de grandes robots, hay un capitulo de Ultra siete igualito, hay un robot gigantesco parecido a un televisor que, como siempre, destruye su correspondiente partecita fea de la ciudad de Tokio, hasta que el bueno extraterreno lo detiene y las compañías inmobiliarias hacen su agosto con edificios mas bonitos y modernos que los anteriores.

Tampoco es difícil hacer un paralelo de lo que esos años 80 ocurría con la industria de televisores y otros artefactos eléctricos del Japón, este país, merced a su consabida costumbre tan criticada de imitar los inventos occidentales y hacerlos ellos mismos, pero mas baratitos y así ganar más vendiendo menos, frase muy japonesa, llenaron el mundo de televisores, stereos y demás, eran verdaderos monstruos para la industria electrónica del occidente anglosajón, monstruos, así como ese televisorzote gigantesco que estaba sentadito en un parque público de Tokio, bien peinadito, para que los ponjitas vean cuales son las ultimas glorias de su nación.














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